Pocos años consigo surfear el día 31 de diciembre y empezar el nuevo año entrando de nuevo. O porque no hay olas o porque las fiestas familiares me lo impiden. Surfear esos dos días tan señalados se merece el esfuerzo de escribir una entrada en el blog, que actualmente lo tengo un poco abandonado, por falta de tiempo, por falta de fotos o simplemente por falta de palabras.
El día 31 marcaba 1,40 m de SE, tocado por el viento del norte, pero al ser ese día tan especial, me acerqué a la playa. Observé que no era pequeño, estaba desordenado y muchas olas rompían mal, en barra, pero salían algunas buenas, que abrían bien. El inconveniente es que no había nadie en el agua y, cuando está así, no me gusta entrar sola. Decidí no entrar y, cuando ya me marchaba, vi que un hombre miraba el mar, con esa mirada concentrada tan personal de los surfistas. Le pregunté: “¿Estás mirando para surfear?”. Su respuesta fue: “Sí, pero tal y como está el mar no me gusta entrar solo”. —Me hizo gracia que repitiera mi misma frase—. Le respondí que yo estaba igual que él. Me propuso surfear juntos, para acabar bien el último día del año.
A los diez minutos ya estábamos en el agua. Las olas eran
divertidas, alguna bajada interesante, algún que otro revolcón, las remontadas
tremendas. A la hora y media dimos por concluida la sesión, con una bonita
sonrisa que nos iluminaba la cara. Curiosamente, no nos dijimos ni nuestro
nombre; el baño mereció la pena y, aparte de entretenido, nos convirtió en
cómplices de compartir algo místico en un día tan festivo.
El día siguiente, el primer día del año nuevo, estaba más
pequeño y sin viento; en teoría era un mar glassy, pero me encontré con
corriente, con un mar muy cruzado. Tampoco había nadie en el agua, ni mi
acompañante del día anterior. Me costó un poco encontrar el lugar adecuado para
poder entrar sola. Siempre miro que pueda entrar fácilmente, pero sobre todo
que sea aún más fácil salir. Al final
pude disfrutar de mi primer bañito del año, con unas olas ordenadas, en un mar liso,
plateado y brillante, de esos días que parece que las estrellas emanan del agua
en vez del cielo.

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