El 30 de julio emprendemos un nuevo viaje hacia el norte.
Nana hace unos días que está de vacaciones con Júlia y Raúl y vamos a buscarla.
Esta vez hacemos noche en Santander, un amigo nos deja una
preciosa casa, con insuperables vistas, ubicada sobre los acantilados de la
playa de la Arena. No tengo palabras para describir lo que es dormir y
despertarse con el arrullo del oleaje. La vivienda solo tiene una pega, no
tiene un acceso directo a la playa desde el acantilado y para tocar el agua
necesitas media hora de coche, has de bordear una interminable ría.
Después de nuestra breve y agradable estancia en tierras
santanderinas, al día siguiente nos dirigimos a Gijón.

En esta ocasión hemos surfeado dos días. El primer día
fuimos por la tarde a Playón de Bayas, estaba grande, desordenado y con
corriente. Al principio decidimos no entrar, pero yo siempre me arrepiento de
no hacerlo y a última hora, cuando los socorristas quitaron las banderas de la
zona de los bañistas, observamos que allí estaba un poquito mejor o simplemente
más pequeño y decidimos surfear. Fue un
baño rápido y cansado. Cogimos alguna ola, pero la corriente era tan fuerte que
finalizamos el baño en una media horita.
Al día siguiente entramos en Verdicio. La marea estaba subiendo,
para entrar te tenías que tragar
centenares de espumas, si las conseguías superar te encontrabas con unos
impresionantes olones que la mayoría no abrían demasiado bien.
Allí tuve miedo, primero me quedé comiendo espuma a ver si
conseguía alguna ola perdida en medio del
hervidero. Al final al ver a mi valiente hija coger una buena izquierda
decidí animarme y entrar -los cerrotes me dan pánico ya que me recuerdan al día
de mi accidente- Entré un par de veces y salí, en ambas ocasiones, rápidamente
con la primera olita que vino.
Me sentí muy mala surfer, miedosa e indecisa. Delante de
olas grandes hay situaciones que aún no se cómo solucionarlas y no consigo
estar tranquila en el agua. Tengo miedo y ese miedo me crea una inseguridad que
hace que cometa errores que se pueden pagar caros. Me doy cuenta que aún me falta mucho que
aprender. Más tarde reflexiono e intento no ser tan dura conmigo misma. ¡En mi
memoria guardo muchos días buenos en el agua!
Después del baño fuimos a comer a casa Trabanco, un agradable
restaurante, pero que debido a la situación de Covid hace que aún no disfrute
plenamente de estos actos sociales.
En Asturias no puede faltar la montaña. En esta ocasión
Júlia y Raúl nos prepararon una excursión muy especial. Fuimos a la reserva natural integral del
parque de Muniellos localizada entre los concejos de Cangas del Narcea e Ibias.
Protege el robledal más grande de España y uno de los mejores conservados de
Europa. Solo pueden entrar 20 personas al día y se ha de reservar con bastante
anticipación. Hay dos rutas, la larga y la corta, decidimos hacer la corta de
18,5 km, ya que nosotros no somos buenos senderistas.
La primera parte del trayecto el sendero va bordeando el río
y entre el musgo y los robles el paisaje es paradisiaco, pero a la que empieza
a subir el camino es un pedregal y el paisaje es monótono. Después de tres
horas y media de andar llegas a una negra laguna rodeada de matorrales, nada
interesante. Hay dos lagunas más, pero decidimos no ir a verlas ya que nos decepcionó mucho la primera. La
vuelta fue más rápida y pudimos refrescar nuestros adoloridos pies en la fría
agua del río.

Se acabaron los días asturianos y ya de vuelta a casa a
disfrutar del Empordà, del medio metrillo mediterráneo, del paddle surf y de
nuestro jardín encantado. Hace tres veranos que por las noches, entre junio y
finales de agosto, el jardín se llena de “hadas”, la luciola lusitánica
comúnmente llamada hada, una especie de luciérnagas voladoras que emiten luz
propia y sus movimientos destellantes son mágicos. Cada noche, antes de ir a
dormir, me gusta pasear por el jardín entre
esas resplandecientes “hadas” y bajo un cielo intensamente estrellado.